Una historia para contar

Hace unos días un hombre que barre las calles, me pidió un encendedor, yo inmediatamente se lo ofrecí, él se quitó los guantes y se frotó fuerte las manos con un pañito, cogió el mechero casi con la punta de los dedos y después, antes de devolvérmelo, lo limpió, yo quedé extrañada por esta intención a mi modo de ver excedida por demostrarme pulcritud.

Le dije: …hombre no es necesario… y con la voz entrecortada, me respondió:…es que hay gentes que le miran a uno y lo tratan como si fuéramos la misma basura…

Yo no sentí pena por aquel hombre, sino por la situación en la que debe de haberse visto más de una vez, solo porque no es médico o abogado o artista, entonces le tendí la mano y le dije:.. no haga caso, usted se gana la vida limpiamente, mire si es así, que limpia lo que indolentemente ensuciamos los otros.

Con los ojos fijos en mi cara y una linda expresión en el rostro, me dio las gracias.

La sensibilidad, la educación, incluso la cultura, va más allá de la forma en que nos ganemos la vida. Por eso admiro a esos que recogen nuestras basuras y barren las calles, a veces no con toda la indumentaria requerida, exponiéndose a contagios. Sin embargo, limpian las calles, las ciudades, el país y llevan limpia la frente.

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